El superdotado
A mÃ, ahora, cuando hablan en la televisión de los niños superdotados, que tienen una inteligencia mucho mayor que la de los demás y desproporcionada con su edad, pues me gusta oÃrlo, porque me digo yo que asà ya no habrá superdotados que anden por ahà como perros perdidos, que es lo que le ocurrÃa a un Tonto de Muñomer que le llamaban y yo conocà hace mucos años, y era un simple tonto de pedir por las casas y los pueblos que, de haber vivido ahora, con estos adelantos, es seguro que le llevarÃan donde los superdotados, y no hubiera tenido que andar vagando por ahÃ, por esos mundos.
El Tonto de Muñomer, y pueden decirlo los que le conocieron como yo que no me estoy inventando las cosas, era un superdotado de ésos; y lo que pasaba era que los médicos de entonces no conocÃan muchas enfermedades, ni tenÃan los aparatos de ahora, y no hacÃan a los chicos de la escuela los tés que ahora les hacen, y no se sabÃa nada, y por eso el Tonto de Muñomer pasaba por tonto, no siéndolo, porque ninguno de nosotros de entonces, y de ahora tampoco, serÃa capaz de hacer lo que él hacÃa, ni tenÃa ni tiene el memorión que él tenÃa. Aunque eso era lo que más le habÃa perjudicado, decÃa la gente, porque, como toda la fuerza se le habÃa subido a la cabeza y no era más que un pobre, no valÃa para trabajar en ningún oficio de las manos, de manera que se tuvo que marchar a pedir por Dios, y que le tuvieran compasión para llevarse un trozo de pan a la boca. ¡A ver si no! Aunque no era de los pobres fijos que aparecÃan todas las semanas por el pueblo, sino que venÃa sólo de vez en cuando, y la gente ya le esperaba, como a los titiriteros o al gobernador civil, o a las visitas del señor obispo, que se calculaba cuando podÃan venir más o menos. No tardará mucho en venir el Tonto de Muñomer, decÃa la gente. Y que tenÃamos que preparar las preguntas.
En cuanto llegaba a una puerta a pedir, decÃa ¡Ave MarÃa PurÃsima! ¿Cómo se llama el amo o el ama de esta casa?, y la gente ya sabÃa que era él, aunque él también se sabÃa la mayor parte de las veces los nombres de los que allà vivÃan, y entonces no preguntaba nada después de decir ¡Ave MarÃa PurÃsima!, sino que decÃa enseguida que San tal o San cual, Santa tal o Santa cual era tal dÃa de tal mes; o que uno habÃa nacido el mismo dÃa que el rey, o que una tÃa del rey que la llamaba la gente la Chata, o el dÃa que vino la República o mataron a Prim, o el Dos de Mayo mismo, cuando los franceses antiguamente. Y luego era cuando le preguntaban, por ejemplo, cuántos eran veinticuatro por quince, y el respondÃa en el acto que trescientas sesenta, como si ya le tuviese hecha la cuenta antes de hacer la pregunta, y todo el mundo se ponÃa muy contento de que hubiese acertado, porque incluso multiplicaba también por muchas más cifras. O si se le preguntaba por dónde nacÃa el Duero y por dónde pasaba, y los rÃos que iba recibiendo, y los puentes viejos y nuevos que habÃa; o también se sabÃa las estaciones del tren desde donde se quisiera y hasta donde se quisiera, o los kilómetros que habÃa hasta la Luna y lo que se tardarÃa en llegar hasta ella, si se fuese en burro o en caballo o en un automóvil. A tantas medias leguas o leguas enteras la hora, tanto, decÃa. Y de oraciones se sabÃa una ristra muy larga y muy bonita, como de clases de hierbas del campo, y reconocÃa las fisonomÃas de tal manera que la Guardia Civil siempre le preguntaba si conocÃa a éste o al otro, para no confundirse. De modo que todo el mundo, y también Don Celes en la escuela, decÃa que el Tonto de Muñomer era una inteligencia desperdiciada; o, como decÃan otros, una eminencia si le hubieran dado estudios. Pero, cómo era pobre, pues a ver de que le servÃa la inteligencia ¿no?
Porque, como luego dicen otros, con razón, que es que ni siquiera se hubiera podido presentar, si ahora viviese, a un concurso de la televisión y llevarse un millón o un coche, si le preguntaban cualquier cosa y lo sabÃa; porque, aunque le dejaran un traje bueno para ir allÃ, en cuanto le preguntaran que a qué se dedicaba tendrÃa que decir que era pobre de pedir ¿no?; y entonces pues le detendrÃan por la ley de mendicidad que llaman, o qué sé yo; y, en vez de llevarle donde los superdotados, pues le llevarÃan a un siquiátrico; porque ¿cómo iban a decir que un pobre de pedir era un superdotado o una eminencia? Y ¿cómo le iban a haber hecho un tés para saberlo, si no habÃa ido nunca a una escuela de tan pobres que eran sus padres y sus abuelos, y asà todos desde antiguo en su familia, y cuando no se hacÃan entonces en las escuelas tés?
Sólo que, a lo mejor, si le hubieran llevado ya muerto a abrirle para que le estudiasen los médicos en la facultad, éstos se hubiesen dado cuenta de lo superdotado que era, a lo mejor. Aunque no se sabe si después de muerto se puede averiguar si un pobre era un superdotado o no; o, si se ha averiguado, quién sabe si a los médicos mismos les hubiera extrañado ¿no? Como nos extrañaba a todos que, además, fuera tan servicial y estuviera siempre tan contento; porque vivÃa mejor que un rey, decÃa él mismo. Y, aunque no supiera que era un superdotado, pues mucho mejor, porque a él mismo le hubiera extrañado, como a todos puede extrañarlos ahora, si no han conocido a este Tonto de Muñomer que digo.
José Jiménez Lozano
El ajuar de mamá, Menoscuarto Ediciones, Palencia 2006
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